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| Los derechos humanos en tiempos de globalización
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| (Por Carlota de Barcino, Mujer Nueva,
2010-09-09)
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Quisiera compartir con los lectores una
serie de reflexiones que suscitó en mí la lectura de
un artículo publicado en la revista “Crisis” [1]. En él,
la autora revela la existencia de una corriente de pensamiento
que busca suprimir los valores morales y culturales de la
civilización judeocristiana. Y el método utilizado consiste en vaciar de
contenido su legado principal: los derechos humanos, cuya definición está
siendo sutilmente modificada.
La señal de alarma saltó
cuando los lectores de la revista holandesa Gay Krant interpusieron
una demanda contra el Papa por las palabras pronunciadas con
motivo de la provocativa manifestación gay que se organizó el
pasado mes de julio en Roma. Juan Pablo II la
había calificado de “ofensiva e insultante para los valores cristianos”
[2].
La demanda se basaba en que dicho
comentario constituía una discriminación e incitaba al odio a los
homosexuales. El portavoz del Tribunal de Amsterdam ante el cual
se presentó, declaró: “estudiaremos en qué medida esa incitación fue
accesible al público holandés”. Sin entrar en el fondo del
asunto, lo prejuzga como incitación al odio (tipificado como delito
en Holanda), y limita la actuación judicial a estudiar si
afecta a los propios nacionales. Finalmente, la demanda no prosperó,
por el simple hecho de que el comentario se había
realizado fuera del territorio sobre el que los tribunales ejercen
su jurisdicción.
El caso no pasaría de ser
una noticia extravagante si no fuera porque el Tribunal acaba
dando a entender que este tipo de delitos podrían, en
el futuro, ser planteados ante un órgano judicial para el
que las fronteras territoriales no existan: el Tribunal Penal Internacional,
que se pondrá en marcha cuando 60 países ratifiquen su
Estatuto.
La idea de este tipo de Tribunal no
es nueva; tiene como precedente el de Nüremberg, que juzgó
los crímenes contra la humanidad cometidos por los nazis durante
la Segunda Guerra Mundial. Su fin es evitar la impunidad
de criminales amparados por leyes nacionales injustas, y resulta un
modo muy eficaz de proteger los derechos humanos.
Sin
embargo, el Tribunal Penal Internacional podría suponer un arma de
doble filo teniendo en cuenta los cambios sutiles que empiezan
a afectar al concepto de los “derechos humanos”. En 1948,
filósofos y políticos, guiados por el humanismo cristiano, contribuyeron a
la elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Estaban convencidos de que es posible fijar un elenco de
derechos común a todas las culturas, tradiciones y sistemas jurídicos
del mundo. Jamás hubieran previsto que, tan sólo 50 años
más tarde, la élite dirigente del mundo asistiera impasible (o
activamente) a la degeneración de los fundamentos morales de la
civilización occidental. Jamás hubieran imaginado que una nueva definición de
esos mismos derechos los haría contrarios a los valores cristianos
y al Derecho Natural, de los que se originaron. Y
que estos cambios se introducirían sutilmente a través de organismos
internacionales que eluden los métodos democráticos e imponen “normas de
conducta” a nivel mundial.
Hoy, la guerra de poderes
se juega en el campo de las palabras. Los textos
internacionales recogen derechos en términos aceptables para todos los que
deben ratificarlos, pero no incluyen su definición. De este modo,
quien logra vaciar de su contenido originario un derecho y
apropiarse de su nueva definición, puede imponer ideas y comportamientos
a gobiernos, jueces y ciudadanos. Así, por ejemplo, a base
de repetir el lema “los derechos de las mujeres son
derechos humanos” (algo que resulta obvio porque la mujer es
persona), el feminismo radical ha logrado introducir en este concepto
el “derecho a la salud reproductiva de la mujer
y la niña”, que incluye la anticoncepción y el aborto,
haciéndolos, por tanto, acreedores de la “protección global”. En consecuencia,
cualquier manifestación abiertamente contraria a los mismos, como la del
personal sanitario o farmacéutico cuya conciencia le impide colaborar con
esas acciones, ¿podría llegar ser juzgada por infringir derechos humanos?
Lamentablemente, esta misma indefinición de los términos se
da en el Estatuto de Roma por el que se
crea el Tribunal Penal Internacional. Un “descuido” peligroso, teniendo en
cuenta que, pasando por encima de la soberanía nacional de
los Estados, podrá recibir cualquier denuncia por infracción de derechos
humanos que se interponga contra Estados, organismos o individuos.
El Estatuto prevé que el Tribunal juzgue crímenes contra
la humanidad, delitos de genocidio, agresión, esclavitud sexual y embarazos
forzados. Podría parecer que todos suceden en tiempos de guerra,
pero no es así: en el ámbito de la ONU,
es habitual oír al feminismo radical calificar el matrimonio de
“construcción patriarcal que hace de las mujeres unas ‘esclavas domésticas’”;
y el “embarazo forzado”, deleznable crimen de violación de mujeres
civiles por soldados enemigos, ellas lo denuncian en los países
donde el aborto no ha sido legalizado.
La
imaginación nos puede llevar a muchos más juegos de palabras.
El artículo que comento al inicio, recoge parte de una
carta abierta de varias ONGs con gran peso representativo en
la ONU, dirigida al Papa: “las opiniones y acciones de
la Santa Sede referidas al SIDA, la educación sexual, la
homosexualidad, la anticoncepción y el aborto, son vistas por muchas
personas como una guerra que contribuye a muchos sufrimientos y
muertes...”. De ahí a considerar las enseñanzas de la Iglesia
un “crimen contra la humanidad”, no hay más que un
paso. No en vano también este término es bastante ambiguo:
“cualquier acto inhumano que cause serio perjuicio al cuerpo o
la salud mental o física”.
Ésta no es
más que una de las diversa manifestaciones del peligro que
entraña una globalización que renuncie a los valores cristianos: se
homogeneizan las leyes, se redefinen los derechos de la persona,
y se someten gobiernos e individuos a los dictados de
un poder difuso que ataca a la misma raíz del
humanismo. ¿No resulta paradójico decir que el cristianismo es contrario
a los derechos humanos, cuando en él encuentran su mismo
origen?
..................................................
NOTAS
[1].“Stopping the International Criminal
Court”, Mary Jo Anderson. “Crisis”, octubre 2000.
[2].
Antes de iniciar el rezo del Ángelus del domingo 9
de julio, el Papa pronunció las siguientes palabras:
“Ahora
siento el deber de mencionar las conocidas manifestaciones que han
tenido lugar en Roma en los últimos días: En nombre
de la Iglesia de Roma, sólo puedo expresar una profunda
tristeza por la afrenta al Gran Jubileo del Año 2000
y la ofensa a los valores cristianos de una ciudad
tan querida en el corazón de los Católicos de todo
el mundo.
La Iglesia no puede guardar silencio acerca
de la verdad, porque entonces sería infiel a Dios Creador
y no ayudaría a distinguir el bien del mal. Así
pues, quisiera simplemente leer lo que dice el Catecismo de
la Iglesia Católica que, después de indicar que los actos
homosexuales son contrarios a la ley natural, afirma: `Un número
apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No
eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de
ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión
y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de
discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad
de Dios en su vida y, si son cristianas, a
unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades
que pueden encontrar a causa de su condición” (CIC n.
2358).
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