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| La realización de la mujer
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| (Por Bosco Aguirre, Colaborador de Mujer Nueva,
2010-05-14)
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Todos queremos “realizarnos”. Pero no resulta fácil
decir cuándo un ser humano ha conquistado la realización completa,
verdadera, en su propia vida.
“Realizarse” implica, por una
parte, descubrir cuál es la meta profunda de nuestra condición
humana. ¿Cuál podrá ser? ¿Consistirá tal vez en trabajar mucho,
en ganar dinero, en divertirse, en satisfacer los propios caprichos,
en estar siempre con los amigos, en aparecer en los
medios de comunicación, en gozar de una oscura y “dorada”
mediocridad?
Notamos en seguida que existe una enorme diferencia
entre la “realización objetiva” y las “realizaciones” empobrecidas que dependen
de modas sociales o de caprichos personales.
Un joven
desearía dedicarse a fondo a la vida deportiva. Sus padres,
sus profesores, la sociedad, le imponen una serie de estudios
y de reglas que le alejan de la soñada meta.
Pero no podemos excluir que ni los planes del joven
ni las imposiciones sociales corresponden siempre a algo más profundo
que se oculta en cada ser humano, a una fuerza
íntima que pide una oportunidad para salir a la luz,
para “realizarse”.
Lo anterior vale para todos: niños y
grandes, ricos y pobres, occidentales y orientales, europeos, americanos, asiáticos
y africanos. Vale, también, para los hombres y para las
mujeres.
De modo especial, la mujer de nuestro tiempo
vive bombardeada por presiones y por slogans que la orientan,
casi la obligan, a buscar ciertas “realizaciones”, algunas de las
cuales llegan casi a ahogar bienes olvidados, o incluso a
provocar comportamientos abiertamente peligrosos e innaturales.
Noticias recientes nos
han puesto en guardia, por ejemplo, ante la búsqueda de
la delgadez como si fuera un absoluto. Tal obsesión invade
a miles de adolescentes y no tan adolescentes por “conservar
la línea”, con degeneraciones que llevan a la anorexia y
a la muerte de personajes famosos o a la ruina
de adolescentes en el umbral de la vida.
No
es tan noticia, aunque cada vez tomemos más conciencia de
ello, que millones de mujeres desearían casarse jóvenes y acoger
en seguida a uno o varios hijos. Viven, sin embargo,
prisioneras de un sistema económico y de una cultura que
ha dado un valor absoluto a la conquista de un
buen nivel de vida, hasta el punto de llevarlas año
tras año a retrasar el matrimonio y la maternidad.
Y cuando nace un hijo, surgen entonces tensiones profundas. ¿La
casa o el trabajo? ¿El hijo, los hijos, o la
realización profesional?
No hemos de tener miedo a buscar,
seriamente, la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la realización
profunda de la mujer? No podemos decir que sea algo
que depende de los distintos contextos sociales, de los niveles
de educación, de las elecciones individuales. La mujer, como el
varón, tiene una estructura íntima y profunda que busca “realizarse”,
salir a la luz, más allá de los caprichos del
momento, por encima de las modas impuestas por sociedades muchas
veces obsesionadas por la producción y deshumanizadas respecto de lo
que embellece la vida humana.
La realización de una
mujer requiere mirar hacia el propio corazón para, desde allí,
notar una llamada primitiva y profunda (ineliminable, como el bulbo
raquídeo, como el ciclo menstrual con su fecundidad fascinante), a
darse, a servir, a dejar de lado sueños de modelo
o conquistas de igualitarismos no siempre liberatorios para ser ella
misma. Así será posible abrirse a la bellísima tarea de
amar y dar vida. Una tarea a la que también
estamos llamados los hombres, pero que no podemos descubrir ni
aprender si no es a través de la ayuda y
el ejemplo que nos dan las mujeres que viven a
nuestro lado.
Habrá buenos trabajadores, buenos padres, buenos esposos,
si hay mujeres que sean plenamente mujeres: promotoras de justicia
y de paz, de alegría y de esperanza, de amor
y de vida (esposas madres junto a esposos padres). Mujeres
realizadas plenamente, porque han roto con esquemas reductivos que las
aprisionaban, porque se han abierto a riquezas íntimas que embellecen
los corazones y producen sonrisas fascinantes.
Bosco Aguirre
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