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| Por un feminismo más humano
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| (Por Bosco Aguirre, Colaborador de Mujer Nueva,
2010-06-08)
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Para más de uno, el
tema de la maternidad debería quedar como algo exclusivo de
las mujeres. Los hombres deberíamos callarnos, no decir ni palabra,
porque no podemos quedar embarazados.
Si se lleva a
su máximo extremo la postura anterior, media humanidad no podría
emitir ningún juicio sobre el tema. Lo cual es caer
en una doble injusticia.
La primera injusticia: se atentaría
contra el derecho a la libertad de expresión. Excluir a
todo un “colectivo”, el de los hombres, sobre un tema
tan importante es una injusticia digna de ser condenada con
firmeza.
La segunda injusticia: los hombres y las mujeres
nacen gracias a la unión entre hombres y mujeres. No
hay maternidad si no hay paternidad, no hay niños sin
que cada uno nazca de un hombre y de una
mujer. Es decir, la maternidad no es un asunto privado
ni exclusivo de la mujer. Los hombres tienen,
por lo tanto, mucho que ver con la maternidad. Porque
cada uno de ellos ha nacido gracias a mujeres que
han dicho “sí” a su maternidad. Sin mujeres que acojan
a sus hijos, no nacería ningún hombre. Ni ninguna mujer,
también hay que decirlo.
Además, como ya dijimos, no
hay mujer que sea madre si no es con la
ayuda de un hombre que también llega a ser padre.
Los problemas surgen cuando los hombres se esconden, huyen
de sus responsabilidades como padres. Algunos no quieren saben nada
de un embarazo que inicia, de un hijo que también
es de ellos. Es entonces cuando dejan sola a la
mujer, como si la maternidad fuese un asunto privado, como
si sus actos no tuviesen responsabilidades en la nueva vida
que ha iniciado.
Hay que considerar, también, la vida
del hijo. No es justo ver al hijo, durante los
meses de embarazo, como un asunto privado de la mujer.
Los que hoy disfrutamos de la vida un día estuvimos
en el útero de nuestras madres. Si nacimos fue porque
antes fuimos embriones y fetos. No éramos un objeto, ni
algo que estaba allí a disposición de lo que decidiesen
en total libertad los adultos.
Ciertos movimientos que se
autodeclaran defensores de la mujer necesitan abrir los ojos ante
esta realidad. La maternidad afecta a tres seres humanos: el
padre, la madre, el hijo. Negar los derechos de uno
de ellos en función de los gustos o caprichos sólo
de la mujer (o del hombre y de la mujer
cuando se “alían” para acabar con la vida de su
hijo, o del hombre cuando obliga a la mujer a
abortar) es promover una cultura del dominio y de la
muerte. Lo contrario de lo que estaría llamado a buscar
cualquier feminismo que se propusiese defender seriamente la dignidad de
las mujeres.
El feminismo auténtico, verdadero, serio, será respetuoso
de toda vida humana. Será justo y solidario. Estará dispuesto
a tutelar y a asistir a cualquier mujer madre que
viva en situaciones de pobreza, falta de higiene, desprecio o
marginación. Será capaz de responsabilizar al hombre-padre en la vida
de cada nuevo hijo. Protegerá y buscará el bien de
los hijos. Que son los hombres y las mujeres del
mañana. Lo cual es el fruto más maduro y más
rico de cualquier movimiento que quiera defender, auténticamente, los derechos
humanos.
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