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| CEDAW y eliminación de niñas
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| (Por Bosco Aguirre, Colaborador de Mujer Nueva,
2004-12-17)
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La Convención sobre la eliminación de todas las formas de
discriminación contra la mujer (conocida por sus siglas en inglés
CEDAW) se enfrenta con enormes problemas aplicativos en diversos lugares
del mundo. Dos problemas especialmente delicados son el aborto selectivo
de embriones y fetos “femeninos”, y el infanticidio de niñas
recién nacidas en familias o culturas que dan excesiva importancia
al nacimiento de varones.
El problema es particularmente intenso en los
dos países más poblados del mundo: China y la India.
La política del “hijo único” impuesta por el gobierno chino
ha llevado a muchas familias a privilegiar el nacimiento de
varones. Para ello, resulta sumamente fácil recurrir al aborto cuando
el diagnóstico prenatal determina que el primer concebido es niña
y no niño.
Los resultados de una injusticia tan grave contra
la condición femenina son cada vez más evidentes. En algunas
zonas de China hay entre 120 y 130 varones por
cada 100 mujeres, cuando lo normal sería una proporción de
95/97 varones por cada 100 mujeres. El mismo gobierno chino,
según se indicaba en la prensa mundial en julio de
2004, estaba decidiendo poner fuertes límites legales al aborto cometido
sobre embriones y fetos femeninos.
La situación es parecida en la
India. A nivel nacional, según el censo de 2001, se
percibe una clara disminución de niñas entre los 0 y
6 años. Si en 1991 la proporción era de 945
niñas por cada 1000 niños, en 2001 el número descendió
a 927 niñas por cada 1000 niños. En algunas zonas
geográficas de la India la proporción es mucho más baja:
en Punjab 793 niñas por cada 1000 niños, en Delhi
865, y en Gujarat 878.
Trabajar en favor de la eliminación
del aborto selectivo por razones de sexo implica un importante
paso hacia el respeto a la mujer. No puede ser
justa una sociedad en la que los embriones femeninos corran
un enorme riesgo de ser eliminados simplemente por eso: porque
alguno piense que es mejor tener un niño y no
una niña.
Pero tampoco sería justo condenar sólo los abortos que
eliminan embriones y fetos femeninos, o los infanticidios contra las
niñas recién nacidas, y guardar silencio cuando el aborto o
el infanticidio se realiza para impedir el nacimiento de varones.
Las dos injusticias merecen ser condenadas enérgicamente. Nadie puede ser
suprimido por tener un sexo no deseado por sus padres.
Podríamos
incluso dar un paso más adelante: nadie puede ser suprimido
simplemente porque sus padres u otras personas no quieren admitir
a algunas categorías de seres humanos en el mundo de
los vivos.
Reconocer esto supondrá un mayor compromiso internacional para que
disminuya el aborto y el infanticidio en el mundo. Para
que ningún hijo, por su sexo, su raza, sus características
genéticas, sus posibles enfermedades (a todos nos llegan tarde o
temprano), o su condición socio-económica, sea suprimido, sea eliminado, antes
o después de su nacimiento.
La vida es el primer derecho
humano. Vale para las mujeres, y vale para los hombres.
Defender este derecho será la mejor manera de luchar para
eliminar discriminaciones contra las mujeres, contra los hombres, contra cualquier
ser humano. Todos estamos dotados de la misma dignidad. Reconocerlo
y sacar las consecuencias será la mejor manera de aplicar
lo mucho positivo que proponen acuerdos internacionales como el que
busca suprimir cualquier discriminación contra la mujer.
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