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| Las raíces son más profundas
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| (Por Nieves García, Mujer Nueva,
2010-09-09)
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El 17 de diciembre de 1999,
la Asamblea General de la ONU declaró el 25 de
noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra
la Mujer, e invitó a los gobiernos, las organizaciones internacionales
y las organizaciones no gubernamentales a que organicen ese día,
actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública respecto del
problema de la violencia contra la mujer. Se acerca el
25 de noviembre.
Los datos están ahí, son
reales, y... escalofriantes. El informe de la OMS del tres
de octubre del 2003 indicaba que anualmente 1,6 millones de
seres humanos pierden la vida violentamente. En el Informe se
señala que las mujeres son las que corren más riesgos
en entornos domésticos o familiares. Casi la mitad de las
mujeres que mueren por homicidio, son asesinadas por sus maridos
o parejas actuales o anteriores, un porcentaje que se eleva
al 70% en algunos países. En algunos países, hasta una
tercera parte de las niñas señalan haber sufrido una iniciación
sexual forzada.
En unos días los periódicos del mundo
hablarán en sus editoriales, artículos de opinión y de análisis
sobre el tema de violencia contra la mujer. Pero aunque
ahora se alcen al unísono las voces en contra de
la violencia, a lo largo del año son constantes las
noticias que anuncian los casos de la mal llamada violencia
doméstica, donde el hombre aparece casi siempre como el agresor
cruel y la mujer como la víctima del conflicto. Sin
restar responsabilidad ninguna al varón, que aprovecha su constitución física
que le otorga una superioridad notoria (y después dicen que
no hay diferencias), ambos hombre y mujer son víctimas de
una tragedia más profunda: la deshumanización del hombre, que es
el gran mal de nuestro mundo.
Son loables los
esfuerzos de los algunos gobiernos por erradicar este fenómeno. Por
ejemplo, en España se promulgó el pasado 31 de julio,
la ley reguladora de protección a las víctimas de
la violencia doméstica. Pero las medidas que ofrecen tienen el
mismo efecto que se produce al fumigar las ramas de
un árbol, cuando el problema que lo carcome está en
las raíces.
El árbol de la sociedad occidental
sufre en sus raíces el daño de tres depredadores mortales,
que dañan al ser humano, en lo más hondo y
afectan a la armonía familiar y social. Carcomas que se
gestaron en los famosos años 60 y que han sido
absorbidas por la cultura actual, de forma que han perdido
su imagen de agresividad, pero son los causantes reales de
gran parte de la violencia actual.
La primera nació
con la revolución sexual, que en aras de una falsa
libertad, nos hizo creer que el amor y la sexualidad
eran dos realidades separables. La erotización de la sociedad a
través de los medios fue la estrategia práctica que derivó
de esta novedad. La pornografía saltó a las calles y
el sexo se exaltó y comercializó hasta llegar a su
total trivialización. Conocida es la cercana relación que hay entre
la vivencia de una sexualidad utilitarista y la desinhibición de
toda forma de control y dominio personal. De ahí a
la violencia, sólo hay un paso, que por desgracia muchos
dan. La excitación sexual conduce en muchos casos a la
violencia física contra la mujer.
Esta situación habitual provoca
en el hombre tres sensaciones que, a su vez, inducen
a comportamientos agresivos: el desencanto que acaba en frustración, la
pérdida del respeto por la mujer, como ser humano, ya
que se convierte en objeto de consumo, y una hipertrofia
de la afectividad, una especie de inmadurez afectiva e hipersentimentalismo
que provoca un desequilibrio anímico. En resumen, la revolución sexual
ha dado a luz un hombre más violento y más
egoísta. Y los causantes de este mal no son sólo
los hombres. La mujer que lo consiente y lo acepta
se convierte en aliada de su propia denigración.
Una
segunda carcoma es una libertad de expresión mal entendida, que
se ha convertido en el escudo de los medios, donde
las escenas de violencia y de sexo llegan a cuotas
disparatadas. En España, el 60% de los niños en edad
escolar y preescolar permanece tres horas al día frente a
la pequeña pantalla. Según datos fiables, estos niños ven unos
10 casos de violencia física, tres de ellos con resultado
de muerte; una serie notable de efusiones sentimentales y eróticas
fuera de matrimonio; y uniones carnales descritas con bastante minuciosidad.
Algo parecido ocurre con la industria cinematográfica que difunde unos
mensajes opuestos a valores que el público medio aprecia: fidelidad,
lealtad, respeto. El niño normal que visualiza estas cantidades ingentes
de violencia queda afectado. Sería interesante conocer la cantidad de
escenas violentas que cada agresor ha consumido a lo largo
de su vida.
La tercera carcoma que mata el
árbol familiar y siembra semillas de posible violencia, es la
educación que reciben los niños, en la que por temor
a “crear traumas infantiles”, se tiende a la permisividad. Hay
padres que parecen tener miedo a sus hijos; temen negarles
un permiso o enseñarles el valor del respeto a los
demás y a sí mismos. Pocos son los que educan
en la generosidad real y en el servicio al otro.
La palabra sacrificio carece de contenido, pero no se puede
educar en el amor sin enseñar a sacrificarse por el
otro.
Esta generación de padres enseña a sus
hijos que vales tanto según tienes y puedes, no según
eres. Es normal que varones con esta educación o des-educación
se conviertan, en una sociedad competitiva, en personas inseguras. No
han aprendido a amar y no son capaces de valorarse
por lo que son. El fracaso o la decepción en
cualquier área les produce inseguridad. La violencia en cualquiera de
sus formas, pero mucho más la física, es manifestación clara
de miedo y de inseguridad personal.
Las salidas a
un problema tan profundo no pueden ser proponer nuevas medidas
cautelares, ni crear un cuerpo especializado de policías para la
defensa de la mujer agredida. Estos remedios vienen a ser
parches pero la herida sigue abierta y sangrando.
Las soluciones son más profundas, más serias, más radicales. Sin
querer abarcar todas, se pueden mencionar:
1.- Ayudar
a la sociedad actual a recuperar culturalmente el valor real
del amor, que enmarca el ejercicio de la sexualidad, dentro
de un clima de donación total al otro y de
respeto a su persona. Para ello dejar de comercializar con
algo sagrado, como es la sexualidad y el cuerpo femenino
aunque suponga la quiebra de muchas empresas de mercadotecnia.
2.- Prohibir, sí, prohibir (aunque no esté de moda),
las manifestaciones exageradas y explícitas de violencia constante, en televisión
y cine, y más a ciertas horas. Y aprovechar medios
tan eficaces para promover de forma convincente, valores humanos que
construyen al hombre y recrean a la familia.
3.- Ayudar al matrimonio y a la familia a crear
relaciones interpersonales sanas, a superar los conflictos y las crisis,
a ser el ámbito primario de seguridad y acogida del
ser humano. La familia no necesita el bombardeo diario que
hacen los medios de tragedias, muertes, masacres, egoísmos, divorcios, infidelidades
y mentiras. Necesita ayuda para edificarse en los valores sólidos:
respeto, apertura al otro, solidaridad y amor.
Tenemos que
sanar al árbol por la raíz. Porque el amor humano
existe y aunque esta afirmación vende poco, es la realidad
que sostiene el mundo. Esta la solución última.
Ngarcia@mujernueva.org
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