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| Una moda que no pasa: la belleza interior
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| (Por Nieves García, Mujer Nueva,
2010-05-28)
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En la obra de Perez Galdós,
Marianela, la protagonista le pregunta al ciego al que guía
si sabe distinguir el día y la noche. El contesta:
«Es de día cuando estamos juntos tú y
yo; es de noche cuando nos separamos».
En la novela que lleva su nombre, Marianela es una
joven deforme por un accidente que tuvo de pequeña. Solo
su amigo ciego podía ver la belleza de su ser
interior, sin quedarse en la superficialidad del cuerpo contrahecho. La
ceguera de los ojos físicos era el principio de luz
de sus ojos interiores para ver a los demás. No
juzgaba por la impresión sensible, juzgaba por la belleza según
la talla moral de la persona. Interesante forma de apreciar
el mundo. Una lección serena para una sociedad occidental tan
angustiada por el cuidado estético y paradójicamente una sociedad tan
superficial en el cultivo de la interioridad. La belleza sigue
siendo una enorme preocupación femenina, pero ¿Qué es lo realmente
bello?.
En el siglo V a.C., los sofistas definen
la belleza como "lo que resulta agradable a la vista
o al oído". Con esta definición la "belleza" empieza a
distinguirse de lo "bueno". Más tarde, los estoicos proponen una
nueva definición: "aquello que posee una proporción apropiada y un
color atractivo". Aristóteles define la belleza como "aquello que, además
de bueno, es agradable". Como vemos, mientras los sofistas privilegian
el agrado sensible que provoca el objeto bello, los estoicos
subrayan el equilibrio interno entre las partes de dicho objeto.
Aristóteles, por su parte, asume una postura intermedia, que concilia
ambas teorías.
Junto a estos intentos por definir la
belleza, la Antigüedad barajaba otros elementos tales como la proporción,
el ordenamiento de las partes y las interrelaciones que se
establecían entre ellas. A esta proporción, cuyo fundamento está inscrito
en la misma naturaleza y cuyo paradigma máximo es el
cuerpo humano, se le da el nombre de "simetría".
Retomando la idea de "iluminación" como parte sustancial de la
belleza Santo Tomás de Aquino habla de la belleza
como -"esplendor de la forma". Siempre ha habido una asociación
natural entre bondad y belleza.
Pero además el concepto
de belleza cambia según las culturas y los tiempos.
En la antigua literatura china, el concepto de “mujer bella”
se refiere a un ser delgado y frágil. En un
país como Japón, la definición de belleza también parece
haber variado según la época. Las mujeres bonitas que fueron
representadas en impresiones de madera durante el período Edo tenían
caras largas, ojos alargados y mejillas grandes y prominentes. No
obstante, en el período que siguió a la Segunda Guerra
Mundial, las mujeres de apariencia masculina pasaron, de repente, a
ser consideradas atractivas. Esto hablando brevemente de la belleza de
corte oriental. Ni siquiera podemos compararlo con los moldes occidentales
del siglo XXI, donde la mujer pálida ....: ¿Cómo puede
haber estándares tan diferentes en la sociedad, en cuanto a
la belleza femenina?
Las mujeres tienen la tendencia a
caer en la trampa que las hace buscar encajar en
el molde de “belleza”, según los parámetros establecidos por las
tendencias sociales de cada época. El propósito de esta interminable
búsqueda, y el objeto para el cual se busca, suelen
ser olvidados. ¿Qué belleza se busca? ¿La del aparecer o
la del ser? ¿Para quién se trata de conquistar esa
belleza, para uno mismo o para otros?
Hoy en
día vemos rostros con sonrisas artificiales, operaciones quirúrgicas para evitar
las arrugas, liposucción, inyecciones de silicona para moldear cuerpos que
no tienen otro defecto que el desgaste natural del tiempo.
Nos han vendido una imagen de mujer, donde se valora
su apariencia pero se olvida uno de “ella”, de la
mujer como persona. A fuerzas de ver modelos esbeltas, sin
ningún defecto externo, con medidas imposibles...hemos aceptado que el ideal
de belleza que nos permite entrar por la puerta grande
del mundo es semejante al de la Miss Universo que
se corone en el año en curso. Y aunque muchos
asentimos al leer ideas semejantes a estas, e incluso criticamos
el uso que se hace de la mujer en la
publicidad, al final caemos en el mismo juego que nos
proponen y somos los primeros en preocuparnos por el paso
del tiempo, (y no precisamente porque no acerque a la
muerte); nos inquietan las primeras canas, el cruzar el umbral
de los 30, de los 40, de los 50,...
En el fondo también nosotros identificamos juventud y belleza, porque
nuestra bandera estética también se reduce al margen de lo
superficial y sensible. ¿Dónde está la luz del día interior
del que habla el ciego? ¿Por qué no la vemos?
Porque esa luz hay que buscarla con ojos interiores,
en silencio y en la quietud que me permite ver
lo invisible, pero que es realmente lo valioso.
El rostro de una mujer que ha sido marcado por
las numerosas tormentas de la vida puede ser hermoso. Sea
cual sea su edad, tal como ocurre con las vetas
de la madera, cuya belleza tiende a ser más profunda
con el paso de los años, la belleza de una
mujer que ha resistido las dificultades de la vida brilla
con un esplendor que se destaca. Hay rostros de mujeres
ancianas que irradian algo que no se vende en nuestro
acarreado siglo: una belleza pacífica, serena. Esa belleza
crece con el tiempo, porque el tiempo aquilata y purifica
lo que nos hace grandes: la capacidad de amar que
posee el ser humano. El paso silencioso y constante de
los años engrandece a la mujer que ha vivido en
orden al darse y no al “buscarse”. Por eso un
rostro anciano puede ser atractivo. Quizás detrás de esos ojos
compasivos, se esconden muchas lágrimas, detrás de esas arrugas no
maquilladas se oculta mucho dolor porque el amor es donación,
es buscar el bien objetivo del otro, y por eso
muy a menudo, el amor duele. El amor no es
un maquillaje que se quita en la noche; su huella
en la persona es indeleble y no se borra con
el paso del tiempo.
Más allá de los sentimientos,
de la emotividad casi de origen físico, esta la capacidad
oculta en el ser humano, que nos permite elegir libremente
lo difícil y doloroso, y con desinterés, solo para hacer
feliz a alguien. La mujer que por vocación está llamada
a educar al hombre en el arte del amor desinteresado,
es verdaderamente hermosa cuando ha sido fiel a sí
misma, aunque su cabello luzca blanco, o tiemblen ya sus
manos. Decía Agustín de Hipona “Solo la belleza agrada”, y
si no es mucha pretensión, podemos añadir “Solo la belleza
interior agrada siempre”.
Nieves García ngarcia@mujernueva.org
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