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| La hora de la familia
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| (Por Miguel Aranguren, TELVA,
2008-08-04)
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De manera sibilina, con alevosía y utilizando las infinitas posibilidades
que ofrecen los medios de comunicación, los enemigos de las
estructuras tradicionales de convivencia se frotan las manos ante el
desaguisado que han provocado sus acciones en contra de la
familia. El asunto viene de antiguo, pero en estos últimos
años –y en España principalmente– ha dado pasos de gigante.
Buena parte de quienes dominan el ámbito de las ideas
(escritores, filósofos, políticos, periodistas) parece que se han dado la
mano para arrastrar hasta el despeñadero a la escuela básica
del amor, al núcleo fundamental para el desarrollo del ser
humano, como si con la desaparición de la familia (por
más que se empeñen en seguir utilizando el término, aliándolo
a adjetivos con los que es imposible su unión) fueran
a asegurarse la instauración de una arcadia feliz en la
que la libertad del hombre no conoce límites ni ataduras
(tampoco las paternofiliales), lejos de todo criterio ético y moral.
Es entonces cuando se abre la puerta de la casuística
de lo posible, desde el matrimonio entre personas del mismo
sexo al niño a la carta, pasando por todos los
tipos de uniones contranatura que cualquier Maquiavelo pudiera combinar.
Hace tiempo
que la mayoría de la sociedad se dejó convencer de
que el divorcio es una necesidad generalizada y no una
excepción para solucionar algunas situaciones afectivas. Se habla del derecho
a emprender una nueva vida, del derecho a una segunda,
tercera…, o sexta oportunidad. Pero en ningún lugar consta que
la ley haya colaborado en nada a la felicidad del
hombre y de la mujer. Es más, el dolor inflingido
a unos y a otras y, sobre todo, a los
hijos, no conoce parangón. El divorcio ha devaluado el amor
a un artículo de intercambio, a un capricho con más
connotaciones sexuales que afectivas, agrandando más si cabe el dolor
que provoca la falta de entendimiento entre quienes un día
decidieron compartirlo todo.
Aún más grave es el destrozo provocado por
el aborto. Lo que se legisló como una excepción a
la ley, se proclama desde hace veinte años como un
derecho del adulto sobre la vida que nace. Los números
cantan: buena parte de nuestra sociedad ha perdido, incluso, el
respeto a los débiles y ni siquiera se inmuta cuando
alguien se atreve a demostrar que nuestro país es el
reino del infanticidio. El aborto es otro posible, algo que
se deja a la conciencia individual, como la manipulación del
comienzo de la vida bajo la asepsia de una bata
de usar y tirar. Si un científico es capaz de
descomponer un embrión, ¿por qué ponerle puertas al campo?
Pero lo
más perverso de este panorama es que aquellos que dominan
el ámbito de las ideas han logrado convencer a la
platea de que lo que acabo de exponer no son
más que triunfos de la razón, logros del estado de
derecho, pasos de gigante para la humanidad. Por eso, los
que creemos en la naturaleza del amor humano, que se
funda en la libertad de elección para el compromiso, en
el empeño de sacar adelante el proyecto común de una
familia unida, ajena a todos estos estrambotes, hemos sido relegados
al museo de los horrores. Y nos vejan una y
otra vez en sus canales de propaganda, y dicen que
vivimos presos del pasado, que despreciamos el progreso, que pertenecemos
a un mundo muerto… Cuando es el nuestro el único
mundo para el amor más desinteresado al que puede aspirar
el hombre, aquel que se genera y mantiene en la
familia, una familia que no necesita ningún adjetivo porque en
el propio sustantivo se reconocen todas sus propiedades: la estabilidad
de la fidelidad a un proyecto común en el que
los débiles tienen toda nuestra protección y que pervive a
través de las generaciones, de paijes a hijos, sin solución
de continuidad.
Desde este humilde rincón quiero animar a todas
las lectoras de TELVA a que vivan el orgullo que
produce ser madre, hija y hermana, que contagien el don
maravilloso del amor que está dispuesto a darlo todo sin
la condición de recibir, que se hagan valedoras de la
dignidad de concebir un hijo, de alumbrarlo, criarlo, educarlo y
amarlo en un entorno favorable y libre que le convierta
en un hombre o en una mujer de bien. Sólo
soy un pequeño escritor, lo sé. Pero soy hijo. Y
soy hermano. Y soy esposo. Y soy padre. Y estas
son las únicas medallas que me ennoblecen.
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