Sócrates tuvo serias dificultades para convencer a Glaucón y a
Adimanto de que el hombre honrado es feliz. Porque para
mucha gente, ayer, como hoy, justicia y felicidad parecen correr
por líneas paralelas.
También Kant
pensó que los principios de la moral se separan de
los principios de la felicidad. Luego intentó “arreglar” su sistema
al decir que los honestos son dignos de la felicidad,
aunque no la consigan en esta vida.
¿Es legítimo preguntarse si la honradez nos hace
felices? ¿No sería mejor reconocer que no hay verdadera felicidad
sin justicia, sin valores auténticos, sin principios buenos, sin virtudes
constantes?
El problema sigue en
pie. En un mundo en el que desgracias imprevistas o
crisis anunciadas provocan mareas de lágrimas y confusión en los
corazones, la vida de quienes buscan ser honestos brilla de
una manera especial, pero no deja de pasar por momentos
duros de prueba.
¿Por qué?
Porque la mujer y el hombre honesto cumplen su vocación
humana de un modo mucho más hermoso y más grande
que quienes trampean para satisfacer sus ambiciones egoístas.
La honradez lleva, entonces, a una forma
superior de felicidad. Ya aquí en el mundo terreno, con
la paz de la conciencia de quien ha dejado de
lado caprichos pasajeros para asumir los deberes cotidianos. Y también
en el horizonte de lo eterno, como intuyeron, de maneras
distintas pero con conclusiones parecidas, Platón y Kant.
Bosco Aguirre