La mujer y el trabajo fuera del hogar
(Por Roberto Grao Gracia, Colaborador de Mujer Nueva, 2006-06-08)
Hace unos pocos años, conocí a una mujer joven y bella que trabajaba honradamente como camarera en un afamado restaurante de una gran ciudad. Hija de su tiempo, convivía con su pareja, un hombre joven de parecida edad a la suya, en una unión de hecho, sin papeles. Los dos trabajaban fuera de casa como suele ser hoy corriente entre parejas jóvenes. Pero ella no era feliz y solía manifestarlo a algunos clientes del restaurante donde trabajaba, con los que adquiría confianza. Su problema era que le gustaban mucho los niños, y quería tener hijos pero su pareja no se lo permitía. El trabajo diario era duro, atendiendo con rapidez y eficacia a los comensales y terminando la jornada casi todos los días a las dos o las tres de la madrugada, especialmente los viernes y sábados por la noche.

A esas horas de la noche le daba miedo andar sola por la calle y se veía obligada a buscar un taxi para volver a su casa, lo cual en ocasiones, tenía su dificultad para encontrarlo. Su pareja buscó una solución: comprometió a un amigo suyo que conducía un taxi, para que fuera a buscarla al final de cada jornada, a la salida del restaurante y la llevara a casa, por un precio convenido de antemano.

Todo fue bien hasta que, pasado un tiempo, un día de improviso, la mujer dejó el trabajo de camarera de manera definitiva, y ya no volvió más por el restaurante, ni buscó un nuevo trabajo en otro. Poco tiempo después me contaron que se había casado con el amigo taxista, por la Iglesia, y que estaba esperando un hijo.

Me parece que esta sencilla historia real, ilustra la condición de una mujer corriente, de nuestro tiempo, sin apenas cultura ni estudios, que se tiene que ganar la vida con un trabajo sencillo, como tantas otras, a las que se les está exigiendo hoy el doble trabajo de tener un empleo fuera del hogar y atender las labores de la casa. Estas mujeres jóvenes mantienen una relación de pareja como unión de hecho, sin papeles, no suelen tener hijos, o acaso uno o como máximo dos y su vida se caracteriza, en el mejor de los casos, por constituir una familia descafeinada, Light, con pocas ilusiones y mucha inestabilidad, cuando no las lleva a sufrir los malos tratos del compañero, la separación, nueva búsqueda de pareja y a comenzar de nuevo.

Sin duda que hoy, lo políticamente correcto es empeñarse en que todas las mujeres trabajen fuera del hogar, sean profesionales independientes y traten de lograr lo que se suele llamar conciliación del trabajo y la familia. Por eso se habla del paro femenino sin ninguna distinción. Pienso que es un grave error porque el común de las mujeres jóvenes, y también muchos hombres, desearían tener hijos, varios o bastantes y la circunstancia de tenerlos les condiciona la vida de modo importante si quieren cuidarlos y atenderlos adecuadamente.

En esto como en todo, en principio soy partidario de la libertad: la mujer debe poder elegir si quiere trabajar sólo en el hogar y tener hijos o si quiere trabajar también fuera del hogar, compaginándolo con su responsabilidad de madre de familia. La inmensa mayoría de las mujeres que no alcanzan a tener estudios secundarios, se ven abocadas a trabajar en empleos humildes de baja remuneración, con muchas horas de dedicación, en empresas medianas o pequeñas, que nunca pueden llegar a garantizar esa conciliación de trabajo y familia, por lo que tienen que instalarse en la inestabilidad de la pareja de hecho y en tener sólo uno o ningún hijo para no dificultar su dedicación al empleo. Esta elección tiene poco de libre.

Otras, por sus estudios medios o superiores –abogadas, médicas, jueces, artistas, registradoras, arquitectas, etc.- pueden lograr esa conciliación, o bien obteniendo un tra-bajo en la Administración local, provincial o nacional que, por sus características, les permite alcan- zar esa conciliación laboral-familiar, con relativa facilidad.

Pienso que al menos las primeras deberían ser más ayudadas por el Estado, con lo que algunos llamamos el salario maternal y el correspondiente seguro de enfermedad y pensión de jubilación. Ese salario debería ser como mínimo el interprofesional, que es actualmente de 540 euros mensuales.

De este modo, se facilitaría la vida a tantas mujeres jóvenes, que están obligadas hoy por la exigencia de un trabajo profesional pobremente remunerado y con gran dedicación de horas, con una vida familiar –si la consiguen tener- que, como decía antes, se caracteriza por la inestabilidad y la provisonalidad, tanto personal como de sus hijos y de su compañero, cuando los tiene.
 
 
 
     
 
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